La muerte y yo

Yo, como casi todas vosotras y vosotros, crecí intentando no pensar en la muerte. A veces, cuando el tema me pillaba con la guardia baja, un escalofrío de terror me recorría la columna al pensar que cualquiera de mis seres queridos podía desaparecer. Esa aleatoriedad, esa incapacidad de controlar algo que me aterrorizaba, y la imposibilidad de impedirlo no sólo me atemorizaba, sino que muchas veces también me enfadaba.


La primera vez que fui consciente de que la muerte existía, de que podía llevarse a los que quería y dejarme sin su amor y su protección, tenía unos cuatro años. Había pasado un maravilloso día de playa con mis padres. Mi madre, que es más de arena que de agua, había estado todo el día dentro del mar sólo para que yo disfrutara. Jugamos a cien cosas diferentes, nos reímos, nos abrazamos, nos dijimos cuánto nos queríamos y construimos castillos de arena, enormes a mis ojos de niña, en una orilla plagada de conchas.



Llegó la noche y con ella la hora de dormir. Ya en mi cama, respiraba feliz y cansada, esperando el sueño. Y, de repente y a traición, una idea potente y fugaz entró en mi mente y quedó incrustada en las paredes de mi cerebro. ¿Y si mi madre se moría? Se me llenaron los ojos de lágrimas. ¿Y si me quedaba sin ella, sin sus abrazos, sin sus juegos, sin su amor fuerte y seguro? El miedo me atenazó el estómago y se quedó allí alojado, a veces más presente, otras menos hasta que, ya en la edad adulta, decidí hacer algo con él.


Estudié psicología y al acabar la carrera, me di cuenta de que me seguían faltando herramientas y conocimientos no sólo para acompañar a los demás, sino también para acompañarme a mí misma. En aquella época, no hace más de tres años, mi compañera canina Ayla fue diagnosticada con una cardiopatía grave y con una corta esperanza de vida. No era el primer animal al que perdía, pero sí la primera que me hizo ser consciente de cómo me había pasado toda nuestra vida juntas temiendo su muerte. Por primera vez vi, de forma completa, cómo el temor a la muerte me impedía vivir un presente real y efímero. ¿Esto tiene que ser siempre así?, me pregunté. ¿Estará siempre el amor que siento por los demás teñido de miedo y tristeza anticipadas?

Y, justo en ese momento, ante mi apareció la oportunidad de formarme para acompañar a los demás en su proceso de duelo y pérdida. Aun no sabía dónde me llevaría esa formación, pero algo muy fuerte me empujaba a empezar a andar ese camino.


Mi vida cambió y ese fue el inicio de un crecimiento personal, emocional y espiritual que continúa a día de hoy y que nunca imaginé. Aprendí que la muerte no está para hacerme sufrir, sino para hacerme valorar la vida y lo que habita en ella. Aprendí que todo es efímero, así que sólo existe al ahora. Aprendí que la pérdida duele, pero que el amor nunca muere. Aprendí que la muerte de alguien no es mi final, sino parte de mi transformación vital. Aprendí que acompañar a los que han sufrido una pérdida es uno de los propósitos de mi vida. Aprendí que acercarme a la muerte desde la curiosidad y la honestidad me acerca a la VIDA con mayúsculas y a vivirla con presencia plena. Aprendí que acercando este tema a los demás, ayudo a crear una sociedad más consciente y presente, menos esclava del miedo.


Aprendí que tengo alas y que sé volar. Aprendí a confiar en la vida. Y en mí.

Sí, yo también he sufrido pérdidas. Sí, yo también he transitado y transitaré dolorosos duelos. Sí, yo tampoco quiero perder a los seres a los que amo. Pero aceptar la existencia de la muerte y mirarla sin juicio, me ha regalado una vida llena de presencia y amor.

Ayla ya no está. El camino que empecé gracias a su muerte, me ha llevado a la VIDA.








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