Acercarme a la muerte desde la vida

Como muchas y muchos de vosotros ya sabéis, en octubre repetiré el taller "Más Allá del Miedo a la Muerte" (sábado 2, 9, 16 y 23 de 18 a 20 hora peninsular española). Me hace mucha ilusión y no sólo por estar rodeada de gente maravillosa con ganas de abrir su corazón y su mente, sino porque hacer este taller siempre me recuerda mi relación con la muerte antes de acercarme a ella desde la curiosidad y la humildad.

En agosto de 2011 llegó a mi vida Ayla, una perrita de 11 meses que, inmediatamente, se convirtió en mi sombra.

Ella llegó justo cuando Ona, mi primera compañera animal, esta a punto de morir. Recuerdo que pasé ese verano debatiéndome entre la desesperación y la necesidad de buscar respuestas a mi angustia, mi miedo y mi tristeza. Buscaba en internet cosas como "Cómo llevar la muerte de tu animal" o "Qué hacer cuando tu animal va a morir" sin que nada de lo que encontraba me sirviera de consuelo.

Tenía la sensación de que no podría soportarlo, de que la muerte de Ona acabaría conmigo, de que el dolor sería tan grande que nunca acabaría y yo sentiría lo que estaba sintiendo en aquel momento, con la misma intensidad, toda mi vida.


En aquella época, como la mayoría de personas, yo vivía de espaldas a la muerte. No quería verla, no quería pensarla, la muerte era para mí la mayor de las crueldades, aquello que venía a quitarme lo que yo más quería y a hacerme sufrir una desconsolada pérdida.

Ona murió y yo hice el duelo como buenamente pude. Una de las cosas que me trajo el duelo por Ona fue un miedo inmenso al momento en que Ayla también muriera. Incluso cuando tenía un año, dos, tres... yo vivía a medias entre el amor que tenía (y tengo) por ella y el terror absoluto a su marcha. Inevitable y definitiva.

Esto empañaba los momentos que pasábamos juntas. Aunque estuviera disfrutando de un paseo con ella, jugando a la pelota o revolcándonos en la cama, una parte de mí gritaba de terror ante la posibilidad de su marcha. Siempre me consolaba pensando que, con suerte, la tendría muchos años "hasta los 14 o 15, me decía, muerta de miedo"

Cuando Ayla tenía 8 años le diagnosticaron una cardiopatía congénita, irreversible y mortal en un corto período de tiempo. Primero, incredulidad y negación (Es imposible, mírala, sólo tiene ocho años, está bien, quiere vivir, quiere jugar... ¿y en nada ya no estará? Se han equivocado). Después, una angustia arrolladora, una tristeza inimaginable (¡No te vayas!, le repetía ¡No puedes hacerme esto!) Cómo si lo importante fuera yo y no ella.

Pero poco a poco, empecé a entender que lo único que yo podía hacer era acompañarla y cuidarla hasta el final, estar para ella desde el amor y el respeto que ella siempre me había mostrado. Y también entendí, por fin, que no podía seguir relacionándome con la muerte como lo había hecho hasta el momento, desde la negación, viviendo como si la muerte no existiera y perdiéndome los mejores momentos entre el miedo y la ceguera.

Así que empecé a formarme para acompañar a personas en duelo y eso me llevó, inevitablemente, a acercarme a la muerte desde otra perspectiva.


¿Qué me enseñó todo este proceso? Que puedo convivir con la presencia de la muerte sin estar siempre asustada por cuándo o cómo aparecerá. También me enseñó que llega cuando tiene que llegar y que lo importante no es cuándo, sino lo que hago con el tiempo que se me ha dado.

Me enseñó presencia, consciencia, respeto, amor, aceptación y compromiso. Me enseñó que, si mi tiempo es limitado, debo dedicar mi vida a aquello que realmente quiero hacer y a estar con quién realmente quiero estar. Me enseñó a ser más auténtica, más de verdad. Me enseñó a aceptarme como soy y a dejar de juzgarme y juzgar. Me enseñó que no ha venido a quitarme nada, sino a enseñarme a amar con presencia y consciencia lo que sí tengo en cada momento. Me enseñó que absolutamente todo es efímero y que, precisamente por eso, cada instante es precioso y único, que merece ser vivido en toda su amplitud.


No, no vivo sin miedo. Sé que cuando la muerte aparece me destroza. No, ser especialista en duelo no me hace inmune a la pérdida. No, no vivo los finales de mis seres queridos desde la serenidad y el agradecimiento, eso viene después.

Pero sí que vivo más conectada a la vida, con más presencia, con más consciencia. Sí que vivo cada instante como lo que es, único e irrepetible, agradecida de lo que tengo y, sobre todo, del amor que recibo y del que doy. Y sí, vivo con menos miedo y me permito hacer con mi vida lo que en cada momento siento que tengo que hacer porque, como no sé cuánto tiempo me queda, no me puedo permitir perderlo.


Amo tanto la vida que he tenido que acabar abrazando, con respeto, la muerte.

Gracias Ona, Sugus, Ayla, por todo lo que vuestra vida, amor, presencia y pasión me ha enseñado.

Gracias a la vida, que me ha dado tanto, y a la muerte, que me ha enseñado a apreciar lo que la vida me ha dado.


¿Quieres participar en el taller?

Escríbeme a cristina.cuesta@copc.cat o apúntate al evento desde la web

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